Luciano se está vistiendo. Alicia está sentada en la cama, tallándose el ojo, mirando cómo él se pone los pantalones.
– ¿Qué somos? -le pregunta Alicia.
La pregunta agarra por sorpresa a Luciano quien se está cortando las uñas de los pies.
- Ahorita estoy cansado, amor.
Alicia se pinta los ojos, antes de salir a trabajar, y voltea a ver a Luciano a través del espejo. Lo ve en cama, leyendo el periódico, mordiéndose el dedo del anillo.
– ¿Qué somos? –le pregunta Alicia
– No te oigo –dice Luciano, desde la cocina, lavando los platos, después de la comida.
– ¿Que qué somos? –dice Alicia.
– No sé–dice Luciano, junto a ella en el coche, camino a casa de sus suegros.
Luciano reza el padre nuestro, en cama, antes de dormir.
– ¿Qué somos? –pregunta Alicia.
– Padre nuestro que estás en los cielos…
– ¿Por qué no te gusta hablar de eso?
Luciano termina de rezar. Agradece al cielo.
– Porque siempre terminamos peleándonos.
– Sólo quiero saber qué somos. Es algo que tenemos que saber si queremos estar juntos. ¿No crees?
Luciano, sin mirarla, dice:
– Es mejor no hablar de eso.
– ¿Por qué?
– Es mejor no hablar ni siquiera de por qué no hablamos de eso.
– ¿Por qué rezas el padre nuestro si no eres creyente?
– Por costumbre.
Se acuestan a dormir. Ella se acomoda en una orilla de la cama, alejada de él y dándole la espalda. A oscuras él se acerca a ella para darle un beso de buenas noches. Ella hace un gruñido.
A oscuras, en la madrugada, Alicia se levanta. No puede dormir. Se quita de encima las cobijas y se sienta en la cama. Tiene un antojo extraño: brincar en la cama. No sabe si es para despertarlo y llamarle la atención o si es sólo una ocurrencia. Mejor va a la sala a fumar un cigarro. Regresa, pero ya sin sueño. Se asoma a la calle. Mira el edificio de enfrente. Luciano abre los ojos y la ve de espaldas, su figura llena de luz y sombras. El farol de la calle, muy cerca de la ventana, brilla en el cabello de Alicia como la luna sobre el mar.
Ella voltea la cabeza y lo mira: ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos?
En la mañana, Luciano se despierta primero. Se da un baño y sale sin hacer ruido. No quiere despertarla. Se viste rápido: se pone traje y corbata. Se pone gel y escoge un reloj. Es un poco tarde. Se da prisa para desayunar. “Voy a llegar tarde” piensa, pero de todas maneras decide poner café. Al salir de la recámara lo detiene una voz.
– Luciano –le dice Alicia.
Luciano se da vuelta.
– Duerme un poco más –le dice Alicia, y le señala el lado vacío del colchón.
Luciano le dice que no con el dedo índice, y le dice:
- Adiós, amor.
Alicia lo mira con suavidad y le hace un gesto de mago, como si le lanzara un encantamiento para convertirlo en rana o sapo. Luciano le sonríe. Sale del cuarto y cierra la puerta. La deja con los ojos abiertos.
Luciano sale del departamento. Alicia lo sabe porque escucha la puerta. Las escaleras. La puerta del edificio. La puerta del coche. El motor del coche. Luego el tráfico. Se queda mirando el techo. Da vueltas en la cama. Abraza a la almohada. Vuelve a cerrar los ojos. Los abre otra vez. Es demasiado tarde, ya van a dar las doce. Ha pasado toda la mañana en cama.
Camina a la cocina, mientras se amarra la bata. Junto a la repisa de la ventana hay un jarrón con un par de violetas. Acaricia los pétalos y los huele. Les falta agua. Les pone agua, pero al voltearse, sin querer, tira el jarrón y éste se estrella en el piso.
Recoge los pedazos del jarrón y luego barre con una escoba y un recogedor. Mientras recoge los pedazos del jarrón se le viene una imagen a la cabeza:
– ¿Qué somos? –dice ella, en voz alta.
– No sé, flaca. No sé que quieres que te diga. ¿Quieres que te proponga matrimonio o qué?
Termina de recoger y pone las violetas en una jarra con agua. Después: un café y un pan con mermelada. Luego se regresa a su cuarto y, siempre con bata, pone una canción de jazz, muy suave, que la hace bailar por toda la estancia mientras tiende la cama. Su mirada se cruza con el retrato sobre el mueble. La fotografía de la boda. La toma en sus manos y se le queda viendo. Tan jóvenes e inocentes. Adán y Eva antes de la manzana.
Por la noche, Luciano y Alicia están acostados en la cama antes de dormir.
– ¿Sabes qué me hubiera gustado hacer de mi vida? –le pregunta Alicia-. Ser cantante. Cantante de jazz. Y viajar por todo el mundo con mi banda. ¿A ti? ¿A ti qué te hubiera gustado ser?
Luciano suspira. No le gustan esos juegos de imaginación. ¿Para qué soñar con cosas de otro mundo? Mejor vivir el día a día. Comer rico. Hacer el amor. Ver el futbol. Tener hijos. Él ya quiere tener hijos, pero ella dice que todavía no, que dentro de algunos años. Alicia ve algo en su expresión que la hace sonreír y se le ocurre una idea:
– Ya sé que somos –dice ella.
– ¿Qué?
-…
– ¿Qué? –repite él, al ver a su esposa, con la cabeza sostenida en una mano y la mirada en otro lado-. ¿Qué?
Ella se ríe y le da un beso en los labios. Luego se da vuelta, apaga la luz y se mete bajo las cobijas.

Lucas Cranach el Viejo (Kronach, 1492 – Weimar 1553)