un sueño angustiante

3 mayo, 2013

Soñé una cosa de lo más extraña. A ver si me explico. Estaba saliendo de mi casa. Tendría unos 12 años. Era yo pero no era yo. Ya saben cómo es en los sueños. Era yo porque sabía que era yo. Y no era yo porque me veía a mi mismo desde afuera, como si fuera un testigo o un espía. Así es como sucedió: Abrí la puerta de mi casa con la intención de ir a la tiendita de la esquina a comprar alguna golosina. Estaba entre comprar un chocolate, un paleta helada, un pinguino o una dotación de pulparindos. Salí de la casa (llevaba el cabello chino y esponjoso como uno de esos perros amigables que el pelo les cubre los ojos) y levanté la cabeza. Vi, al final de la cuadra, el techito de la tienda: era día feriado y tenía dudas de si iba a estar abierta. Se veía que estaba abierta. Y aquí es donde se vuelve un poco complicado explicar lo que ocurrió. Empecé a caminar, había avanzado algunos metros cuando vi la situación desde un punto de vista diferente, como desde el otro lado de la calle. La distancia entre mi casa y la tienda era mucho mayor de lo que yo creía. Quiero decir: mucho mayor. Pero para mi angustia yo no podía avisarme a mí mismo. De hecho. me desesperaba verme muy quitado de la pena, sacando las monedas del bolsillo y haciendo cuentas. Y luego la cosa se puso peor, porque vi la escena desde un ángulo completamente distinto, desde una distancia mucho mayor, como desde arriba (muy arriba), y entonces me daba cuenta de la verdadera travesía que tendría que hacer para llegar a la tienda. Era una locura. Y lo peor de todo era que no sólo era inmensa la distancia a la tiendita sino que el regreso a casa también era bastante considerable y conforme más caminaba la distancia se iba haciendo cada vez mayor. Y el baboso de mí mismo seguía con la cabeza baja, recontando el dinero y saboreándose la boca.

Entonces me desperté.

mejor no hablar de esas cosas

24 abril, 2013

Luciano se está vistiendo. Alicia está sentada en la cama, tallándose el ojo, mirando cómo él se pone los pantalones.
– ¿Qué somos? -le pregunta Alicia.
La pregunta agarra por sorpresa a Luciano quien se está cortando las uñas de los pies.
- Ahorita estoy cansado, amor.
Alicia se pinta los ojos, antes de salir a trabajar, y voltea a ver a Luciano a través del espejo. Lo ve en cama, leyendo el periódico, mordiéndose el dedo del anillo.
– ¿Qué somos? –le pregunta Alicia
– No te oigo –dice Luciano, desde la cocina, lavando los platos, después de la comida.
– ¿Que qué somos? –dice Alicia.
– No sé–dice Luciano, junto a ella en el coche, camino a casa de sus suegros.

Luciano reza el padre nuestro, en cama, antes de dormir.
– ¿Qué somos? –pregunta Alicia.
– Padre nuestro que estás en los cielos…
– ¿Por qué no te gusta hablar de eso?
Luciano termina de rezar. Agradece al cielo.
– Porque siempre terminamos peleándonos.
– Sólo quiero saber qué somos. Es algo que tenemos que saber si queremos estar juntos. ¿No crees?
Luciano, sin mirarla, dice:
– Es mejor no hablar de eso.
– ¿Por qué?
– Es mejor no hablar ni siquiera de por qué no hablamos de eso.
– ¿Por qué rezas el padre nuestro si no eres creyente?
– Por costumbre.

Se acuestan a dormir. Ella se acomoda en una orilla de la cama, alejada de él y dándole la espalda. A oscuras él se acerca a ella para darle un beso de buenas noches. Ella hace un gruñido.

A oscuras, en la madrugada, Alicia se levanta. No puede dormir. Se quita de encima las cobijas y se sienta en la cama. Tiene un antojo extraño: brincar en la cama. No sabe si es para despertarlo y llamarle la atención o si es sólo una ocurrencia. Mejor va a la sala a fumar un cigarro. Regresa, pero ya sin sueño. Se asoma a la calle. Mira el edificio de enfrente. Luciano abre los ojos y la ve de espaldas, su figura llena de luz y sombras. El farol de la calle, muy cerca de la ventana, brilla en el cabello de Alicia como la luna sobre el mar.
Ella voltea la cabeza y lo mira: ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos?

En la mañana, Luciano se despierta primero. Se da un baño y sale sin hacer ruido. No quiere despertarla. Se viste rápido: se pone traje y corbata. Se pone gel y escoge un reloj. Es un poco tarde. Se da prisa para desayunar. “Voy a llegar tarde” piensa, pero de todas maneras decide poner café. Al salir de la recámara lo detiene una voz.
– Luciano –le dice Alicia.
Luciano se da vuelta.
– Duerme un poco más –le dice Alicia, y le señala el lado vacío del colchón.
Luciano le dice que no con el dedo índice, y le dice:
- Adiós, amor.
Alicia lo mira con suavidad y le hace un gesto de mago, como si le lanzara un encantamiento para convertirlo en rana o sapo. Luciano le sonríe. Sale del cuarto y cierra la puerta. La deja con los ojos abiertos.

Luciano sale del departamento. Alicia lo sabe porque escucha la puerta. Las escaleras. La puerta del edificio. La puerta del coche. El motor del coche. Luego el tráfico. Se queda mirando el techo. Da vueltas en la cama. Abraza a la almohada. Vuelve a cerrar los ojos. Los abre otra vez. Es demasiado tarde, ya van a dar las doce. Ha pasado toda la mañana en cama.

Camina a la cocina, mientras se amarra la bata. Junto a la repisa de la ventana hay un jarrón con un par de violetas. Acaricia los pétalos y los huele. Les falta agua. Les pone agua, pero al voltearse, sin querer, tira el jarrón y éste se estrella en el piso.

Recoge los pedazos del jarrón y luego barre con una escoba y un recogedor. Mientras recoge los pedazos del jarrón se le viene una imagen a la cabeza:
– ¿Qué somos? –dice ella, en voz alta.
– No sé, flaca. No sé que quieres que te diga. ¿Quieres que te proponga matrimonio o qué?

Termina de recoger y pone las violetas en una jarra con agua. Después: un café y un pan con mermelada. Luego se regresa a su cuarto y, siempre con bata, pone una canción de jazz, muy suave, que la hace bailar por toda la estancia mientras tiende la cama. Su mirada se cruza con el retrato sobre el mueble. La fotografía de la boda. La toma en sus manos y se le queda viendo. Tan jóvenes e inocentes. Adán y Eva antes de la manzana.

Por la noche, Luciano y Alicia están acostados en la cama antes de dormir.

– ¿Sabes qué me hubiera gustado hacer de mi vida? –le pregunta Alicia-. Ser cantante. Cantante de jazz. Y viajar por todo el mundo con mi banda. ¿A ti? ¿A ti qué te hubiera gustado ser?

Luciano suspira. No le gustan esos juegos de imaginación. ¿Para qué soñar con cosas de otro mundo? Mejor vivir el día a día. Comer rico. Hacer el amor. Ver el futbol. Tener hijos. Él ya quiere tener hijos, pero ella dice que todavía no, que dentro de algunos años. Alicia ve algo en su expresión que la hace sonreír y se le ocurre una idea:
– Ya sé que somos –dice ella.
– ¿Qué?
-…
– ¿Qué? –repite él, al ver a su esposa, con la cabeza sostenida en una mano y la mirada en otro lado-. ¿Qué?

Ella se ríe y le da un beso en los labios. Luego se da vuelta, apaga la luz y se mete bajo las cobijas.

Lucas Cranach el Viejo (Kronach, 1492 - Weimar 1553)

Lucas Cranach el Viejo (Kronach, 1492 – Weimar 1553)

El día de los grillos

19 abril, 2013

El día de los grillos
(Bob Dylan)

Las sillotas estaban sucias
De sudor y lágrimas
Los pajaritos volaban
De árbol a árbol
Había poco qué decir
No había conversaciones
Mientras subía al estrado
A recibir mi diploma

Y los grillos cantaban
Por allá a la distancia
Los grillos cantaban
Una melodía muy dulce
Los grillos cantaban
Se oían a lo lejos
Los grillos cantaban
Y me cantaban a mí

Me asomé a la capilla
Donde los jueces deliberaban
Estaba todo muy oscuro
Y olía como a sepulcro
Ya me quería ir
Empecé a caminar
Pero miré otra vez
Y había luz en el cuarto

Los grillos cantaban
Sentí un escalofrío
Los grillos cantaban
Una melodía tan dulce
Los grillos cantaban
Era un trío de agudos
Los grillos cantaban
Y me cantaban a mí

Afuera de las puertas
Un camión descargaba
El clima estaba caluroso
Casi noventa grados
El hombre parado junto a mí
Su cabeza estaba a punto de explotar
Yo rezaba para que las piezas
No me cayeran a mí

Los grillos cantaban
Se oían a lo lejos
Los grillos cantaban
Una melodía muy dulce
Los grillos cantaban
Se oían a la distancia
Los grillos cantaban
Y me cantaban a mí

Me quité la toga
Alcé mi diploma
Tomé del brazo a mi novia
Y nos fuimos lejos
Conducimos hacia las colinas
Las colinas oscuras de Dakota
Estaba muy feliz
De haber salido de ahí
Con vida.

Los grillos cantaban
Sentí un escalofrío
Los grillos cantaban
Una melodía muy dulce
Los grillos cantaban
Era un trío emocionado
Los grillos cantaban
Y me cantaban a mí

Me cantaban a mí,
me cantaban a mí.

(traducción mía)

La muerte y la doncella

1 abril, 2013

Harta, la doncella, de tanto engaño,
Se peina sus trenzas frente al retrato.
Murió su amante, hace apenas un año.
La muerte debe su parte del trato,

Pero quiere antes pasar un buen rato.
Isolda no se acostumbra a ese extraño,
Que toca los viernes y asusta al gato.
Pero abre, se lleva a la cara el paño,

Y le ruega que cumpla su promesa.
La muerte pone en sus labios los dientes
Y una mano donde la espalda empieza.

¡¿Me llevarás con Tristán?! –ella, esquiva,
grita, y empuja a la celosa muerte,
Quien, deseando ahorcarla, la deja viva.

la muerte y la doncella

máquina de helados

28 febrero, 2013

Personajes

Alicia, 30 años
Luciano, 28 años

Departamento de Luciano y Alicia.
Luciano está en la sala viendo la tele.
Alicia entra al departamento con dificultad, en las manos trae una caja pesada.
ALICIA: ¡Luciano, ayúdame!
Luciano se levanta y va con ella sin dejar de ver la tele.
Toma la caja en sus manos y la pone en la mesa del comedor.

Alicia cierra la puerta.
LUCIANO: ¿Y esto qué es?
ALICIA: Una máquina de helados.
LUCIANO: ¿Qué?
ALICIA: Es para nuestro hijo.
LUCIANO: ¿Estás embarazada?
ALICIA: Sí.
Luciano la mira con desconfianza.
Alicia pierde la sonrisa.
ALICIA: Es broma. Pensé que te daría gusto.
Pausa
ALICIA: Si quieres la devolvemos.
Pausa
LUCIANO: No sé qué me estás queriendo decir o qué.
ALICIA: ¿Cómo que qué te estoy queriendo decir?
LUCIANO: ¿Para qué la compraste?
ALICIA: Estaba en oferta y decidí comprarla. Yo tenía una igualita cuando era niña.
Pausa
LUCIANO: ¿Y qué estabas haciendo en una juguetería?
Alicia ignora la pregunta. Abre la caja, saca la máquina de helados, saca el instructivo.
ALICIA: Ni me has dicho nada de mi nuevo look.
Luciano niega con la cabeza.
LUCIANO: Me parece absurdo…
ALICIA: Gracias. ¿Quieres un helado?
Viendo el instructivo…
ALICIA: ¿Cómo funciona esto?
Alicia se pasa un tiempo tratando de encontrar cómo hacer funcionar la máquina, le da vueltas y ve las diferentes piezas pero no encuentra cómo armarla.
LUCIANO: A ver…
Luciano quiere ayudarle pero Alicia no lo deja.
ALICIA: Comper. Déjame hacerlo.
Alicia tira el instructivo.
Intenta forzar dos piezas.

ALICIA: Como que esto no cuaja.
Luciano se queda mirándola.
ALICIA: Debe tener un defecto de origen.
Le enseña una pieza.
ALICIA: ¿No te parece que está rota?
Luciano la toma y la mira fijamente.
LUCIANO: A mí me parece que está bien.
ALICIA: Debe tener garantía.
Alicia se pone a buscar la garantía entre los papeles.
LUCIANO: No creo que esté rota. A ver…
ALICIA: Bueno inténtalo tú. Voy a dormirme un ratito. Me duele un poco la cabeza.
Alicia sale. Luciano se pone a ver el instructivo.
LUCIANO (le grita a Alicia): Estaba pensando que podemos regalársela a mi sobrino: cumple años la próxima semana.
Alicia entra.
ALICIA: ¿Qué? No. Es para nuestro hijo.
LUCIANO: ¿Sigues con eso? No te entiendo, pensé que no querías tener hijos.
ALICIA: ¿Yo? ¿Cuándo dije eso?
Pausa
ALICIA: Yo lo que dije es que no pensaba tener hijos, pero eso fue hace tiempo.
Empieza a llover. Alicia va y cierra la ventana.
LUCIANO: ¿Entonces sí quieres tener hijos?
ALICIA: ¿No te lo estoy diciendo?
LUCIANO: ¿Y esa es tu manera de decírmelo?, ¿comprando una máquina de helados?
ALICIA: No sé, Luciano. Tú tienes esa facilidad para confundirme.
Alicia va a la cocina y se prepara un trago.
Luciano niega con la cabeza sin dejar de atender la máquina.

ALICIA: ¿Quieres un trago?
LUCIANO: Por favor.
Luciano logra poner bien la máquina.
LUCIANO: Ya está.
Alicia regresa con dos tragos y uno se lo da a Luciano.
ALICIA: ¿Funcionó?
LUCIANO: Yo creo que sí. ¿La probamos?
Alicia dice que sí.
Ponen los ingredientes.
Se enciende la máquina y hace ruido.
Sale un helado desfigurado.
No se antoja para nada. Luciano sonríe.
Alicia lo toma y se le queda mirando.
Se le cae de las manos.
Se lleva las manos a la cara.
Llora en silencio.
Sufre ligeros espasmos.
Apenas se puede sostener en pie, tiene que sujetarse de la mesa.

LUCIANO: ¿Alicia, estás bien?
Luciano la sujeta.
LUCIANO: ¿Qué pasó?
Ella se tranquiliza.
Luciano la lleva a la sala. La sienta en un sillón.
LUCIANO: ¿Qué tienes?
Suspira. Se sientan frente a frente.
LUCIANO: ¿Ya te sientes mejor?
Alicia mueve la cabeza afirmativamente. Pero vuelve a llorar.
LUCIANO: ¿Qué pasó?
Alicia niega con la cabeza.
ALICIA: Tienes razón… No sé por qué compré la máquina.
LUCIANO: Está bien.
ALICIA: No, no está bien.
Se tranquiliza un poco. Se limpia las lágrimas.
ALICIA: Tengo miedo.
Luciano le da la mano.
LUCIANO: ¿De qué tienes miedo?
Alicia no contesta.
Deja pasar mucho tiempo.
Mucho.

LUCIANO: ¿Alicia?
ALICIA: Aborté.
Pausa
ALICIA: ¿Me oíste? Aborté.
LUCIANO: ¿Por qué?
Alicia se queda callada.
LUCIANO: ¿Por qué no me dijiste?
ALICIA: Porque ya sabía lo que me ibas a decir. Yo sé que tú sí lo querías.
Pausa
LUCIANO: ¿Y ahora?
ALICIA: Si me quieres dejar yo te entiendo.
Luciano se pone muy serio. No la mira a los ojos.
LUCIANO: ¿De qué tienes miedo?
Alicia se toma su bebida de un trago.
ALICIA: De que otra vez estoy sola.
LUCIANO: Pero tú quisiste.
ALICIA: Ya sé.
Pausa
ALICIA: Por eso me da miedo.
Luciano se queda sin palabras. Completamente superado. Luciano, impotente, se sostiene la cabeza como si fuera de plomo. Alicia lo ve con preocupación.
ALICIA: Tampoco hagas dramas. Necesito salir a tomar aire fresco. ¿Se te antoja un helado?

Tuba Skinny

21 febrero, 2013

Good ol’ jazz. Dixieland. Rag band. Shaye en la trompeta: cabello chino, dos chongos estilo japonés, un fleco hasta el cuello, falda corta, piernas gruesas, blusa café, ojos grises, rasgados, piel mulata, bajita. Los ojos cerrados, los cachetes inflados, la melodía. Cuando sonríe su cara es redonda. Es, simplemente, the maestro. Todd toca la tuba, parece como si luchara por su vida para sacarle sonidos, nueva batalla con cada canción, dejándolo todo para hacer sonar la inmensa y perezosa tuba, siempre lenta y cómica; una camisa a cuadros, la gorra inclinada hacia arriba dejando ver la frente. Barnabus, gorra café flotando en la superficie del pelo, grandes ojeras, dándole al trombón y al banjo, ojeras, entre canción y canción deja caer los brazos, y se queda así: con los ojos abiertos pero la mirada vacía, como un muerto, hasta que inicia la siguiente canción. Defne, la turca, con el lavadero. Su mirada sonriente va de Shaye a Erika para saber cuándo es su entrada, se ríe: someone screw it. Los hombros tatuados, la nariz recta, la cara como un ave, una arcada en la nariz, calcetines de rayas, su pie derecho lleva el ritmo, su fleco rubio sobre la frente, sus manos llenas de anillos, las uñas pintadas y una vez cada noche llega su turno momento, los demás instrumentos le bajan al volumen y es su turno de brillar, todas las miradas van a ella, baila tap y suena el lavadero en medio de aplausos. Erika, Erika Lewis, de la costa este, espigada, pelo corto, sonrisa de delfín, la chamana, sonrisa sabia al cantar, sabe lo que hace, flotan las palabras de su boca como un barco en altamar, navegando en aguas conocidas, vestido ligero claro, veraniego, las manos en la cintura, orgullosa como un cisne, acapara las miradas y su voz llora. Su voz, una voz venida de los treinta, robada de una mujer negra. Desde las calles de Nuevo Orleans, Tuba Skinny.

Sueños

11 febrero, 2013

Llego a mi oficina. Enciendo la luz. Una luz blanca que me deprime. Prendo la computadora y hace un ruido que me hace pensar en una nave del espacio. Saco mi libreta y tomo una pluma. Quiero escribir unas palabras reflexivas antes de iniciar la jornada laboral. Me imagino que la pluma se convierte en una víbora pegajosa. También imagino mi cara de horror, pero veo en el reflejo de la computadora una cara aburrida y bien peinada con lentes. Escribo la palabra aburrido en la libreta. Oigo los tacones de los zapatos de mi jefe y veo sin ver su figura encorvada y su rostro viejo y barbudo. Se aproxima. Cierro la libreta y hago un doble clic en el programa de Excel. Lo hago veloz y firme: sé lo que hago. Se oyen golpes en la puerta. Me levanto. Por favor, por favor, por favor que sea Anna Kournikova. Me la imagino detrás de la puerta: me presume el hombro con los labios entrompados. Es el jefe. Me trae un montón de hojas.

- Se juntaron estos folios, hay errores de contabilidad. A ver si les echas un ojo.
- Claro que sí.

La pila de hojas pesa un plomo. La pongo encima del escritorio mientras oigo los tacones que se alejan. Me imagino arrancándome un ojo y echándolo sobre las hojas. Me siento. Recuesto mi cabeza sobre los folios y cierro los ojos. Cuando los abro estoy en mi cama. Las cortinas ondean por el viento del amanecer. Veo el despertador: todavía tengo diez minutos más, pero me da flojera seguir soñando. Y mientras me pongo la corbata pienso: cuándo fue que mis sueños se volvieron tan aburridos.

CAIE, 2006

05/07/2005

7 febrero, 2013

Desayunamos en un lugar muy raro. El dueño del restaurante era un señor moreno, grande y gordo, junto a él había un niño en el mostrador viendo la tele. El local tenía unas cortinas oscuras que evitaban ver el lugar desde afuera. Sólo había un letrero que decía “Open”. Teníamos prisa y no vimos otro lugar así que nos metimos sin saber lo que encontraríamos. La tele sólo la oíamos porque estaba a nuestras espaldas. El dueño nos trajo la carta. Había huevos y omelettes. El desayuno incluía café (agua-café). Dos minutos después llegó la mesera, negra, grandota. Pancho pidió omelette y yo huevos. Sonó la campanita de la puerta que suena cada vez que alguien abre y entró un turista muy alto y fuerte. La mesera llegó, le entregó el menú y se quedó junto a él, esperando a que pidiera. El tipo, incómodo, le dijo que se iba a tardar un ratito. La mesera se fue al mostrador. Ya que decidió le hizo un gesto. Le preguntó que si había café de verdad. Real coffee. Ella repitió “real coffee” y lo anotó, pensó que le estaba pidiendo café. El turista hablaba perfecto inglés y se supone que la mesera también pero era más bien inglés Beliceño y no había buena comunicación. Con nosotros, cuando nos trajo la cuenta se quedó parada junto a nosotros esperando a que le pagáramos. Nos apuramos a sacar el dinero. Eran 20 belices. Con todo y propina le dimos 22. Ella se rió y nos dijo que eran 20 no 22, como si supiéramos contar.

Calor, mucho calor. Tomamos el camión de San Ignacio a Dangriga. Pasamos por Belmopán, la capital de Belice (17,000 habitantes). Los autobuses de Belice se me imaginan como los autobuses de Estados Unidos de los años sesenta, como en el que Rosa Parks estaba sentada y del cuál no se quiso levantar para dejárselo a un blanco, dando así inicio al movimiento estadounidense por los derechos civiles. Hay un letrero al frente de los camiones que dice All American.

Rosa_Parks__Bus

Los primeros 40 minutos me tuve que ir parado porque no había lugar, mi hermano sí encontró. Me fui fijando en la gente. Una niña negra de trenzas, camisa morada con florecitas, falda de jeans, de pie, tomada de la cintura por su madre que va sentada. Dos menonitas de ojos azules con sombrero de paja, overol, camisas de botones hechos por ellos mismos. El padre tenía una mirada intimidatoria. Un treintañero negro, gordo y grande, cachetón, cantando muy emotivamente la canción de reggae que sonaba en el camión: “…that’s no way to treat a lady…” mientras abrazaba a su mujer (me hizo pensar en aquello que dicen de que los negros son muy llorones). Una niña mestiza con rostro indígena, de cabeza ancha, sonriente, aretes ovalados, vestida como una princesa, se movía de un lado a otro y señalaba a muchos lados, y volteando a ver a su madre. Tres niños negros jugando a empujarse cada vez que el camión daba vuelta. Un par de señores en diferentes asientos, negros con canas y con bigote mal cepillado. Un señor mexicano hablando con una mujer negra gordita con lentes que se veía muy interesada en lo que él le decía. Cuando ésta se bajó el señor le gritó algo desde el camión señalándole un lugar a la distancia mientras volvía a sentarse junto a una mujer morena y grandota. Una familia de arios, una mujer, un hombre y una niña. La niña de ojos azules casi grises. Era muy llamativa por tan blanca que era. Los padres estaban ya un poco más tostados por el sol. Cruzamos la Hemingway Highway; el paisaje era de plantíos de limas, maíz, vacas, caballos y algunos pedazos de selva con palmeras. Llegamos a Dangriga como a la una de la tarde. Nos hospedamos en el Bluefield Lodge. Hot wáter, fan, two beds, no private bath, 38.5 Belize Dollars.

Actun Tumachil Macna

7 febrero, 2013

03/07/2005

Hoy fue el mejor día del viaje, aunque empezó con algunos inconvenientes. Fuimos a la cueva/tumba Actun Tumachil Macna, o algo así. El problema empezó en la mañana: no encontramos el recibo del tour pagado. Lo perdimos. Y además, por buscarlo, se nos hizo tarde, y encima de todo, dejamos olvidadas en el cuarto las botellas de agua y las granolas, que nos habían dicho que eran muy importantes porque por allá no había tiendas ni nada. Al final el recibo no tenía ninguna importancia, ni nos lo pidieron. Lo malo sí fue haber olvidado el agua. Todo el camino estuvimos preocupados, pensando que nos íbamos a deshidratar. Caminamos en la selva durante una hora y luego cruzamos por varios riachuelos donde el agua nos llegaba a las rodillas. Y cada vez que nos metíamos agua nos inclinábamos para tomar agua, pero disimuladamente para que no nos vieran los demás del grupo.

Antes de entrar a la cueva comimos un lunch que nos dieron los guías. El grupo que había entrado a la cueva había dejado sus botellas de agua para no irlas cargando, así que, a escondidas, sin que nadie de nuestro grupo nos viera, nos acercamos y nos robamos tragos de una botella de agua. Al final nuestra preocupación era gratuita. Nos dimos cuenta que el agua de la cueva se podía tomar.

maya-2 actun

La cueva es una maravilla. Actún significa hoyo de piedra y Tumachil Mantu significa tumba de mujer. Ahí los mayas solían realizar sacrificios humanos. Los mayas creían que la cueva era el pasadizo entre el mundo de los hombres y el mundo de los Dioses. Redescubrieron la cueva en 1986 y así como la encontraron la dejaron intacta. Vimos huesos humanos y restos de ollas y de otros objetos que se utilizaban para los sacrificios.

El agua de la cueva estaba helada. Mientras nos internábamos en la cueva íbamos saliendo y entrando del agua todo el tiempo. A veces nos llegaba hasta la cintura. Está llena de estalactitas y de estalagmitas (la diferencia es que unas ya son de piedra y las otras gotean agua y están aún en formación). Después subimos por unas piedras y llegamos a un espacio inmenso que le dicen “la catedral”. Es impresionante. Veíamos el lugar gracias a que el guía la iluminaba con una lámpara grande. El techo es altísimo y está lleno de estalactitas de colores. Pero se tiene que caminar con mucho cuidado. Teníamos que bajar la cabeza para iluminar el piso con nuestros cascos, que llevaban una luz amarrada, para no pisar los restos de ollas y huesos humanos. En los sacrificios había cráneos destrozados y deformados, que según el guía, los mayas lo hacían para causarle dolor al sacrificado. También había ollas boca abajo, ollas de lado y otras boca arriba. Se supone que las primeras eran para dar a la tierra la riqueza de la comida. Las segundas para distribuirla y la tercera para contenerlas. En algunas de ellas se ponía la sangre del sacrificado. Luego, no podía faltar, el guía nos enseñó varias figuras que se formaban entre las piedras. Unas parecían como el pesebre con María, José y Jesús y muchas más. Nunca había estado en ningún lugar así. Era como una catedral geológica natural creada a lo largo de millones de años.

Algunas de las estalactitas fueron modificadas por los mayas, para darle forma de cuchillos de obsidiana y otras como la cola de una mantarraya y se utilizaban, según, para sacar sangre. El guía era muy buena onda y muy simpático. Era inglés y había sido militar.

De regreso, mientras caminábamos por la cueva, con el agua hasta la cintura, apagamos las luces de nuestros cascos y se hizo una oscuridad absoluta. No se veía ni el movimiento de la palma de la mano frente a nuestros ojos. Los sacerdotes mayas solían caminar con una vela, debía haber sido muy difícil pero muy místico. Muchos de los huesos eran de niños sacrificados, también con el cráneo deforme.

De regreso, por la selva, vimos un armadillo. Pancho no traía ropa limpia, se le había olvidado ponerla en la mochila y tuvo que regresarse con la ropa húmeda.

El sueño del rey

28 enero, 2013

El día que el rey cumplió 27 años, tomó una decisión. En la noche juntó a los súbditos y les informó que se iba a dormir y que al despertar se quitaría la vida. Ordenó al afilador que tuviera lista la espada. No les dijo nada más y se retiró a sus aposentos. El alboroto en el palacio se fue apaciguando. El rey durmió durante 67 años. Cuando se despertó lo esperaban las nuevas generaciones. Un imprudente paje le preguntó que qué había soñado. Parecía que el rey iba a responder algo, pero agarró el arma, perfectamente afilada, y se mató.


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